‘Dame de beber’

Cuando veo a Jesús interactuando con los gentiles y con los paganos, o visitando la tierra de los samaritanos, me pregunto cuál era el motivo que le llamaba a estar con ellos y porque les dedicaba tiempo y les compartía de sus Milagros; y al mismo tiempo ocasionaba criticas de odio y repudio de parte de los suyos. La respuesta es sencilla, lo hacía por amor y porque encontraba en ellos sed de amor y de unidad, porque aquellos que estaban o están alejados necesitan que se les devuelva la dignidad que han perdido, y porque no veía en ellos ninguna diferencia. Jesús amaba y continúa amando a todos por igual.
Uno de los pasajes que más me impactan es el de la samaritana, una mujer pobre interiormente, falta de amor, acostumbrada a que la vieran con desprecio, había estado casada varias veces, y vivía con alguien que no era su esposo, por ello, era ignorada por todos, en otras palabras, era un pecado viviente, por tal motivo, juzgada por todos los hipócritas de su tiempo. Jesús posa su mirada en ella y sentado al borde del pozo le pregunta con ternura y sin ningún juicio: “Mujer, dame de beber” (Jn. 4,7). La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer pecadora y desconocida?
Así somos los seres humanos, nos sorprendemos cuando Dios posa su mirada en nosotros y busca conversar con nosotros a pesar de nuestras iniquidades y torpezas. Sin embargo, Él no se sorprende, porque por amor nos busca, no nos juzga. Las palabras de Jesús sorprenderán a la mujer todavía más: “Si conocieras el don de Dios y quién es Él que te pide de beber, sin duda tú misma me pedirías a mí, y yo te daría agua viva”. (Jn. 4,10)
Esta mujer se había alejado de la verdad y quizás vivía en un engaño. Llevaba una vida ficticia y por ello caminaba cabizbaja y con cierto tono de desilusión, como es el caso de muchos en nuestro entorno social en nuestros días.  Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Muchos que viven una vida sin propósito, porque Dios ha pasado a formar un tercer plano en sus vidas. Es por esta razón que hoy Dios les resulta un “ser extraño”. Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano. No se han dado cuenta que Dios es la base principal y original para entender la vida, y que siempre pueden volver para estar con Él.
Mas sin embargo los entiendo, porque si no nos percatamos es fácil olvidarse de su amor. Jesús, hasta el día de hoy, busca sentarse a nuestro lado, en el borde del pozo de nuestras propias carencias y dificultades sin importar quienes somos, ni de dónde venimos, le interesa invitarnos a compartir con él y darnos la importancia que nos merecemos. Nos pide que le demos de beber, que compartamos con él y que dialoguemos con Él.
Jesús vuelve a darle sentido a la vida de esta pobre mujer, una mujer en la cual podemos estar representados todos, porque de una forma u otra nos apartamos de Dios. Jesús le da una nueva esperanza y razón para volver a vivir, al punto de sembrarle el entusiasmo y alegría que había perdido. Ella, solo escucho las palabras de Jesús con atención, Ese es Él. Si yo escucho, Él no se calla. Si yo me abro, Él no se encierra. Si yo me confío, Él me acoge. Si yo me entrego, Él me sostiene. Si yo me hundo, Él me levanta, porque me ama y por eso me busca, es un eterno enamorado.
Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos cada día y cada momento con Jesús. Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios, porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, Él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, con seguridad difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido, porque simplemente no fueron capaces de escucharle o no quisieron compartir con Él de su agua. O simplemente alguien les fallo o les presentó una imagen errona de Él. Si conocieran la experiencia de Dios, lo buscarían. Si, acogiendo en su vida a Jesús, conocieran el don de Dios, no lo abandonarían.
Hay que apresurarnos y darle de beber, y compartir con el de lo poco que tengamos, poque el don que Dios nos da, solo lo recibiremos teniendo un contacto personal con Él, no hay que permitir que los sinsabores de la vida nos vuelvan sordos y ciegos, y comencemos a agonizar en la vida, solo hay que escuchar al Señor, que continuamente nos pide “dame de beber”.
Padre Díaz es el vicario parroquial de la Iglesia de la Sagrada Familia en Dale City.

© Arlington Catholic Herald 2017