El 29 de agosto celebramos el martirio de San Juan Bautista. Poco más de dos meses antes, el 24 de junio, celebramos su nacimiento. Este hecho manifiesta el lugar singular que San Juan ocupa en la historia de la salvación.
La iglesia solamente celebra el nacimiento terreno de Jesús, de la Virgen María y de San Juan Bautista, el precursor del Señor, de quien Jesús afirmó: “Entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista”.
Sin embargo, el hombre más grande nacido de mujer terminó solo en la oscuridad de una celda. Su muerte fue provocada por la danza de una joven vanidosa, el odio vengativo de una mujer perversa y la corrupción de un rey débil y cobarde ante la verdad.
Conviene precisar en qué sentido fue mártir. A Juan no se le pidió formalmente que negara su fe. Murió por proclamar la verdad moral, por conservar la libertad profética de decirle a Herodes: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano”. No murió por defender una opinión personal ni se entrometió en la vida de Herodes por curiosidad o por deseo de condenarlo. Habló porque existía una verdad que debía ser proclamada, incluso ante un rey. La relación de Herodes con la mujer de su hermano no se convertía en lícita porque él fuera poderoso, porque el la deseara o porque ambos hubieran encontrado razones para justificarla.
Hoy, probablemente, muchos le habrían aconsejado: “Juan, no te metas en su vida privada. Herodes tendrá sus razones. Que siga su conciencia. Lo importante es que sea sincero con sus sentimientos”. Son palabras propias de una sociedad que se sumerge en un relativismo cada vez más avasallador: la idea de que no existe una verdad moral objetiva y que cada persona puede decidir por sí misma qué es bueno y qué es malo.
La conciencia es sagrada, pero no inventa la verdad. Debe ser formada e iluminada por la ley de Dios. Juan Bautista no habló desde el odio, sino desde la fidelidad. Sabía que decir la verdad también puede ser un acto de caridad, aunque incomode, provoque rechazo y tenga un precio.
Herodes sabía que Juan era un hombre justo y santo. El evangelista, incluso nos dice que lo escuchaba con gusto. Su tragedia no fue desconocer completamente la verdad, sino carecer de la libertad interior necesaria para obedecerla. Sabía que Juan tenía razón, pero estaba demasiado atado a sus pasiones, a sus promesas y a la opinión de sus invitados para actuar de acuerdo con aquello que reconocía como verdadero.
Humanamente, parece que Herodes venció. Juan terminó decapitado y su cabeza fue presentada en una bandeja. Sin embargo, las palabras que pronunció hace dos mil años, todavía resuenan con fuerza. Esta misión profética no pertenece únicamente a San Juan Bautista. Siglos después, San Óscar Romero, quien también pagó con su vida la libertad de proclamar la verdad, advirtió: “No podemos callar, queridos hermanos, como Iglesia profética en un mundo tan corrompido, tan injusto”. Ambos comprendieron que la palabra recibida de Dios no les pertenecía y que, por eso, no tenían derecho a silenciarla.
El problema de nuestra sociedad y también de nosotros, cristianos católicos, no es que desconozcamos la verdad. Vivimos en una época hiper comunicada y saturada de información: todo se comunica, todo se publica y todo se comenta. Nuestro verdadero problema es que hemos perdido el valor de pronunciar la verdad cuando hacerlo tiene consecuencias.
San Juan Bautista continúa siendo una figura profundamente actual, como lo son todos los santos. ¿Qué sucedería si hoy entrara en nuestras iglesias y nos recordara, con la misma fuerza, que la conciencia no inventa la verdad; que nuestros sentimientos, por muy sinceros o nobles que sean, no convierten el pecado en virtud; y que la caridad no consiste simplemente en guardar silencio, como tantas veces quiere dictarnos la sociedad?
Quizá, por el momento, no se nos pida morir como mártires de la fe. Las pruebas que afrontamos pueden ser mucho más sutiles: “Guarda silencio; es mejor no decir nada para no incomodar a nadie”. Podemos conocer la verdad y, sin embargo, silenciarla cuando amenaza nuestras relaciones, nuestra comodidad o nuestra reputación.
Poco a poco comenzamos a llamar la conciencia a nuestros deseos, la compasión a nuestra cobardía y la prudencia a nuestro silencio. Incluso, podemos considerar imprudente o poco caritativo proclamar la verdad con la fuerza que viene de Dios. Sin embargo, la verdadera prudencia no consiste en esconder la verdad, sino en saber proclamarla en el momento oportuno, de la manera adecuada y con auténtica caridad.
Juan perdió la cabeza, pero no perdió la conciencia. La pregunta que su martirio nos plantea no es solamente si conocemos la verdad; sino, si estamos dispuestos a permanecer fieles cuando la verdad exige no quizás nuestra vida, pero algo de ella.
El Padre Pineda está en residencia en la Iglesia St. James (Santiago Apóstol) en Falls Church.



