Cada 29 de septiembre la iglesia celebra con gozo la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel. Sus nombres resuenan en el corazón de los creyentes porque en ellos descubrimos la grandeza de Dios y la obediencia perfecta a su voluntad. No son personajes simbólicos ni fruto de mitologías, sino mensajeros reales que aparecen en la Sagrada Escritura, cumpliendo misiones decisivas dentro de la historia de la salvación.
En el Evangelio de San Juan, proclamado en esta fiesta, Jesús le dice a Natanael: “Verás cosas mayores: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre” (Jn 1,51). Esta imagen nos remite al sueño de Jacob en el libro del Génesis: una escalera que unía la tierra con el cielo. Esa escalera es figura de Cristo mismo, el puente entre Dios y los hombres, la puerta del cielo que permanece abierta para que Dios venga a nosotros y nosotros podamos ir hacia Él.
Celebrar a Miguel, Gabriel y Rafael nos recuerda que los ángeles están al servicio de este misterio. Ellos participan en la gran batalla espiritual que atraviesa la historia humana y que también sentimos en nuestra vida cotidiana. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ayuda a comprenderlo mejor. En el número 329, con palabras de San Agustín, nos enseña: “El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel”. Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios, contemplan su rostro y están siempre dispuestos a cumplir su voluntad. Y en el número 330 añade que, al ser criaturas espirituales, poseen inteligencia y voluntad. Son personales e inmortales, superan en perfección a todas las criaturas visibles, y reflejan el resplandor de la gloria de Dios.
De esta manera, comprendemos que los arcángeles no son ideas abstractas, sino compañeros celestiales que Dios ha puesto en nuestro camino para sostenernos en la fe. Sus nombres mismos revelan la misión que Dios les confió. Miguel significa “¿Quién como Dios?”. Es el jefe de los ejércitos celestiales, el defensor contra Satanás y sus ángeles caídos, y nos recuerda que la verdadera fuerza está en la fidelidad al Señor.
Rafael significa “Medicina de Dios”. Es protector de los caminantes y peregrinos, compañero en las dificultades y médico de las dolencias físicas y espirituales. Su misión es guiarnos y traer sanación al corazón herido.
Gabriel, cuyo nombre significa “Fortaleza de Dios”, fue el mensajero escogido para anunciar a María que sería la madre del Salvador. Su voz sigue invitándonos hoy a confiar en la Palabra de Dios y acogerla con valentía.
Con relación a Miguel, Rafael y Gabriel, San Gregorio Magno enseñaba que Dios reveló los nombres de estos tres arcángeles para mostrarnos su misión particular. Así, los fieles podemos acudir a ellos en nuestras necesidades concretas: para pedir fortaleza en la lucha, sanación en la enfermedad y confianza para acoger la voluntad de Dios.
Y es precisamente en ese camino de confianza donde aparecen también los grandes retos de la vida cristiana. Desde los orígenes, el hombre ha sentido la tentación de ponerse en el lugar de Dios y decidir por sí mismo lo que está bien o mal. Esa antigua seducción sigue viva hoy, y se manifiesta en tantas formas de relativismo que, como dijo el Papa Benedicto XVI, nos hacen “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”. Pero la verdad permanece: el mal nunca podrá convertirse en bien. La misericordia y el perdón de Dios siempre están a nuestro alcance, pero no podemos engañarnos intentando justificar lo que en sí mismo no es justo.
Por eso, la figura de San Miguel — junto a Gabriel y Rafael — es tan actual. Nos recuerdan que no estamos solos: Dios ha enviado a sus ángeles para que nos acompañen, protejan y sostengan en la batalla espiritual de cada día. En medio de tantas luchas interiores y desafíos del mundo, escuchar la voz de Miguel que proclama “¿Quién como Dios?”, acoger la fortaleza de Gabriel que anima a confiar en la Palabra, y dejarnos sanar por Rafael, medicina de Dios, es una gracia inmensa. Esa certeza nos llena de esperanza y nos invita a caminar con confianza hacia la patria celestial que Cristo nos ha prometido.
El Padre Pineda está en residencia en la iglesia St. James (Santiago Apóstol) en Falls Church.



