“El Desierto: Lugar de Encuentro y Conversión”

Joel de Loera

Adobestock.

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Deuteronomio 26, 4-10; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Hemos iniciado nuevamente el tiempo de Cuaresma, un período en el que el Señor nos invita a crecer en nuestra relación con Él. Cada año, la Iglesia nos invita a caminar junto con Jesus en el desierto, un espacio de silencio y retiro que nos aleja del ruido y las distracciones del mundo para que, en la intimidad, podamos abrirnos a la transformación del Espíritu y así tener un encuentro intimo con Dios.

Es en el desierto que Dios quiere hablarnos al corazón y enamorar nuestra alma. Como dice el profeta Oseas: “Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,14). Es un espacio de prueba, purificación y transformación, donde el alma, despojada de lo superficial, busca la fuente de la vida, como el pozo escondido del que habla El Principito: “Lo que embellece el desierto es que esconde un pozo en alguna parte”.

Jesús en el desierto

El Espíritu Santo guía a Jesús hacia el desierto y allí se enfrenta a las tentaciones que todos nosotros enfrentamos en nuestro propio desierto: las pasiones desordenadas, la sed de poder y la búsqueda de la fama. Cada una de estas pruebas nos invita a reconocer y combatir aquellos vicios que nos alejan de Dios.

Pasiones desordenadas: “No solo de pan vive el hombre”

Después de cuarenta días de ayuno, Jesús siente hambre, y el diablo le propone convertir una piedra en pan. Esta tentación nos recuerda que el hombre no vive solo de lo material, sino de la Palabra de Dios. Thomas Merton dice que “las pasiones desordenadas son como niños pequeños,” que, si no se disciplinan, terminaran dominándonos. El remedio para esta enfermedad es el ayuno, pues al experimentar un poco de hambre, recordamos que nuestra necesidad física es un reflejo del hambre espiritual que solo Dios puede saciar. Además, el ayuno nos solidariza con los pobres, nos ayuda a disciplinar nuestros deseos y a reorientar nuestro corazón hacia la verdadera fuente de vida.

El poder y el dinero: “Solo a Dios adorarás”

Satanás tienta a Jesús ofreciéndole todos los reinos de la tierra a cambio de adoración. Esta es la trampa del dominio y la riqueza, recordándonos que nuestra paz no se encuentra en el poder ni en los bienes materiales, sino en la confianza absoluta en Dios. La práctica de la limosna es el antídoto de este vicio ya que nos libera de la esclavitud del materialismo y nos orienta hacia el servicio al prójimo. Estamos llamados a darnos a los demás, no a apegarnos a los bienes terrenales.

La gloria y la fama: “No tentarás al Señor tu Dios”

El diablo desafía a Jesús a arrojarse desde el templo para que los ángeles lo salven, proponiéndole así la tentación de la vanidad y el reconocimiento. Jesús, sin embargo, demuestra que la verdadera grandeza se basa en la humildad y en la adoración sincera, sin buscar la

aprobación externa. La oración nos enseña a vivir en la verdad, reafirmando que nuestra identidad se sustenta en el amor de Dios y no en los aplausos del mundo.

Cuaresma: el camino hacia la purificación y conversión

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña: “La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás” (CIC 1434). Estos tres medios se convierten en antídotos poderosos contra la tentación, ayudándonos a ordenar nuestros deseos, a profundizar nuestra relación con Dios y a abrir nuestro corazón al prójimo. La Cuaresma se transforma así en un tiempo propicio para la conversión y el crecimiento espiritual. No temamos el desierto; allí Dios nos espera con su poder creador, capaz de transformar la aridez en un jardín de vida: “El poder creador del Señor vendrá de nuevo sobre nosotros, y el desierto se convertirá en jardín” (Is 32,15).

Señor Jesus, guíanos de la mano en este tiempo de desierto espiritual para que podamos encontrar la paz que nuestros corazones tanto anhelan; esa paz verdadera que el mundo no nos puede dar, pues solo “en tu voluntad está nuestra paz” (Dante)

De Loera es el director del Apostolado Hispano diocesano.

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